Entré descalza en un templo budista de Camboya. El suelo fresco, escuchar los mantras en jemer, el olor del lugar. Todo era ajeno y, al mismo tiempo, profundamente reconocible porque reflejaba la búsqueda de algo más grande que una misma.
Durante cuatro días participé en un retiro de meditación Vipassana – que en pali, idioma sagrado del budismo, significa “ver las cosas tal como son” – junto a docentes camboyanos, el director nacional de Fe y Alegría Camboya – jesuita de Filipinas – y otro jesuita de Corea del Sur. Era la única europea, la única occidental. Pero lo que más me impresionó no fue mi propia diferencia, sino darme cuenta de que todo el grupo era, en sí mismo, una imagen viva de la interculturalidad, con personas de geografías e historias espirituales distintas, sentadas juntas en el mismo silencio y buscando la misma claridad.
Los educadores camboyanos que participaron no estaban allí por casualidad. En Camboya, la relación entre la espiritualidad y la vocación pedagógica tiene raíces profundas, ya que históricamente los templos fueron centros del saber y los monjes, los primeros maestros. Meditar no era para ellos algo separado de enseñar, sino que era parte de la misma corriente. Esto se entiende mejor al observar su propio idioma. En jemer, las palabras para designar a una profesora y a un profesor son Neakrou (អ្នកគ្រូ) y Lokrou (លោកគ្រូ), respectivamente. Su etimología comparte la raíz de la palabra Guru (krou), cuyo significado más puro es “la persona capaz de llevarnos de la oscuridad a la luz”. Ahí radica la hermosa coincidencia del retiro. Mientras practicaban Vipassana —que, en esencia, busca limpiar la mirada para ver sin la oscuridad del apego ni del juicio—, estos docentes estaban haciendo exactamente lo mismo que hacen cada día en sus aulas. Estaban cultivando la luz interior para guiar a sus estudiantes. Verlos meditar con esa naturalidad me enseñó algo que ningún manual había logrado transmitir, que la espiritualidad de los pueblos no es un añadido cultural, sino el suelo desde el que crecen. Por eso, acompañar a una comunidad significa, ante todo, saber pisar ese suelo con respeto y descalzarse con el deseo de aprender; un espíritu que se reflejó claramente en que todos – docentes camboyanos, jesuitas y yo misma – fuimos vestidos de blanco.
En el contexto budista, el blanco no es una simple regla estética, sino el color del practicante laico que acude al templo a meditar o a tomar los preceptos. Mientras los monjes visten de azafrán, naranja o granate, marcando su corriente dentro del budismo, el blanco delimita el rol del laico en el espacio sagrado con respeto y sin pretender ocupar un lugar que no le corresponde. Pero su significado va más allá. El blanco representa la intención de comenzar con un lienzo limpio, de liberar la mente de apegos, aversiones y juicios durante los días de retiro, y tiene, además, una dimensión profundamente igualitaria. Cuando todas las personas visten igual, desaparecen las señales externas de origen, estatus o poder adquisitivo. No importa si eres un jesuita surcoreano o una docente de una escuela de Sisophon; en el espacio de meditación todos comparten el mismo color, la misma sencillez y el mismo punto de partida. En las fotos del retiro ese efecto se ve con claridad. El blanco uniforme del grupo crea una armonía visual que no borra las diferencias, sino que las pone entre paréntesis para que algo más esencial pueda emerger.
No hablábamos el mismo idioma, pero compartíamos el silencio, y en ese espacio ocurrió la magia que provocó la desaparición momentánea de la diferencia. No porque nos volviéramos iguales, sino porque al respirar y observar juntos el ir y venir de la mente, tocábamos la condición humana compartida. Esto es lo que en Fe y Alegría llamamos interculturación, que no es la mera coexistencia pacífica entre culturas, sino el proceso de dejarse transformar por el encuentro con el otro. No se trata de tolerar la diferencia desde una posición cómoda, sino de abrirse a que esa diferencia nos cuestione, nos enriquezca y nos cambie.
Existe un puente directo entre Vipassana y la pedagogía ignaciana que inspira a Fe y Alegría. La tradición jesuita define la contemplación como una vía de conocimiento, orientada no solo a pensar sobre la realidad, sino a habitarla desde adentro, sentirla y dejar que actúe sobre una para ser “contemplativos en la acción”. Por eso, la presencia de mis compañeros jesuitas en el templo no era una contradicción con su fe, sino una extensión de ella, un discernimiento ignaciano vivido en otro idioma espiritual. Verlos allí, con los ojos cerrados junto a los Neakrou y Lokrou camboyanos, fue la traducción más honesta de la misión intercultural hoy en día, con tradiciones y continentes distintos compartiendo una misma disposición interior basada en permanecer en lo incómodo, observar sin juzgar y desarrollar la ecuanimidad como una apertura sostenida hacia el mundo. En nuestros contextos educativos, ¿qué significaría cultivar esta calidad de presencia y escucha en quienes trabajan con comunidades vulnerables?
Una de las intuiciones más fuertes que me dejaron esos días fue que la espiritualidad auténtica no construye muros, abre puertas. En esa estructura de madera, junto al monje, los docentes camboyanos y los jesuitas, yo – europea, de raíces cristinas y trabajadora de una organización jesuita – me sentí parte de algo más amplio. Lo paradójico es que esa amplitud no borraba nuestras identidades, sino que las contenía. Eso es lo que Fe y Alegría nos invita a practicar en cada escuela, en cada comunidad, no la homogeneización, sino el diálogo profundo entre culturas y tradiciones que, desde sus valiosas diferencias, comparten el mismo horizonte: El deseo de una humanidad más justa, más plena y más luminosa.




