FyA trabaja por la educación de calidad en zonas remotas de Madagascar

Estoy en Madagascar visitando al equipo de Fe y Alegría para conocer mejor su contexto y recorrer algunas de las 25 escuelas que forman parte de su red educativa en el país. Llegar a ellas no es tarea fácil: desde la capital, Antananarivo, se necesitan unas 13 horas en coche para recorrer los 408 km hasta Fianarantsoa, la capital de la provincia de Haute Matsiatra, donde trabaja FyA. Desde allí, aún nos esperan unas 5 horas más por un camino lleno de baches hasta Mangidy, la primera aldea donde hay una escuela de primaria de FyA.

En este punto, hace tiempo que dejamos la carretera; el “camino” se convierte en senderos de tierra estrechos, llenos de agujeros y barro durante la temporada de lluvias, que requieren de mucha pericia para avanzar. Y a partir de Mangidy, en algunos casos solo se puede llegar a las aldeas en moto o caminando. El equipo de FyA realiza estos desplazamientos varias veces al mes para acompañar a las escuelas, dar formaciones al profesorado y estar presente en la vida de las comunidades.

Estas condiciones tan extremas son solo un ejemplo, pero reflejan de manera clara el enorme compromiso y la determinación de Fe y Alegría por el derecho a la educación, que llega a lugares a los que parece que todos han dado la espalda: el Estado, las principales autoridades y la sociedad en general. Como señala Jean Guy Tahina sj, director de FyA Madagascar, están “en la frontera de la frontera”: en sitios donde la dureza y precariedad del contexto hace que parezca imposible que nadie pueda vivir ahí. Y es precisamente allí donde Fe y Alegría elige estar, acompañando a las personas más vulnerables para que el derecho a la educación sea una realidad.

En una de estas visitas llegamos a la aldea de Ambohibolamena, donde recientemente se ha abierto un pequeño edificio con 3 aulas para acoger a y 128 niños y niñas de preescolar y primaria. En esta escuela hay 3 docentes, dos hombres y una mujer, por lo que todos tienen que dar clase a varios cursos a la vez. En una conversación con ellos, agradecen y reconocen la importancia y la utilidad de las formaciones en las que participan, especialmente la planificación de las clases y la gestión de clases multigrado, situación que se repite en todas las escuelas que visitamos. Piden a FyA que continúe a su lado, ya que necesitan seguir mejorando sus competencias para contribuir a la mejora de la educación en sus aldeas.

También tuvimos la oportunidad de hablar con un grupo de padres y madres, que se están implicando en el día a día de la escuela. Su participación se refleja en pequeñas acciones concretas: han colaborado en la construcción de nuevas aulas, transportando materiales e incluso trabajando como mano de obra, y organizan pequeñas colectas para comprar libros y otros materiales para los docentes. Son gestos pequeños, pero muy significativos: muestran cómo la educación se está convirtiendo en un proyecto compartido por toda la comunidad.

El acompañamiento de FyA es clave en este proceso: guía, apoya y facilita que toda las familias se involucren, no solo en la escuela sino también en la gestión de recursos y actividades educativas. Por ejemplo, están participando en actividades generadoras de ingresos para conseguir fondos que beneficien a la escuela.
Este trabajo conjunto de familias, docentes y FyA demuestra cómo es posible construir educación de calidad en comunidades remotas, fortaleciendo la participación y el compromiso de todos para lograr un proyecto educativo compartido y sostenible.

Esta escuela es solo un ejemplo de todas las que están desarrollando dinámicas muy similares con FyA. FyA es consciente de que a lo largo del país hay muchos otros lugares en el país con situaciones similares a las que encontramos en Ambohibolamena, donde se está pidiendo la llegada de FyA.

En este contexto complejo FyA Madagascar está construyendo su propio camino: con compromiso, cercanía y caminando junto a las comunidades educativas, escuchándolas y tratando de responder a sus necesidades. Poco a poco, escuela por escuela, familia por familia, se abre un futuro esperanzador para niños y niñas.

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