De Sri Lanka a Fe y Alegría: Recordando a Aloysius Pieris, S.J.

El pasado agosto viajé a Gonawala‑Kelaniya, a las afueras de Colombo en Sri Lanka, sin pensar que esta visita me marcaría. Pasé un día entero con Aloysius Pieris, S.J., padre de la Teoría de la Liberación en Asia.  Compartimos día entre su casa y Tulana, el Centro de Investigación y Diálogo que fundó en 1974. Hoy, tras su fallecimiento el pasado 22 de marzo, vuelvo a ese día repasando mis notas donde cada página tiene una lección.

Llegué cansada por el viaje, pero él me recibió con la calma de quien sabe esperar: té fuerte, una sonrisa paciente y un porche donde los sonidos de los pájaros parecían acompañar la conversación. Pienso ahora, releyendo las notas, que quizás lo que vio en mí no fue asombro sino curiosidad afable: una joven europea que aparece de la nada hablando de un movimiento educativo nacido en Latinoamérica y que ahora empieza en Asia. Le habría parecido, quizás, una señal de que las preguntas verdaderas no conocen fronteras. Sonrió como quien recibe una invitación a aprender y escuchó con interés genuino, transformando también mi curiosidad en un diálogo inspirador. Creo que para Pieris, incluso el gesto inesperado de presentarse y preguntar era un comienzo valioso de encuentro.

Tulana, el centro de reflexión donde residía, no es solo un edificio; es una especie de centro vivo de aprendizaje, un lugar de retiro, contemplación, diálogo y trabajo concreto entre budistas, cristianos y comunidades locales. El nombre Tulana —discernimiento— en sánscrito, estaba presente en todos los espacios.

Hablamos largo. Me contó por qué no le gustaba repetir etiquetas importadas. “La teoría de la liberación en Asia no es una copia de la latinoamericana”, afirmó. Y mientras hablaba, trazaba con la mano mapas distintos. No solo el viejo mapa europeo de colonizaciones, sino el mapa de heridas internas —castas, nacionalismos, el militarismo regional, incluso el impacto del imperialismo japonés— que exigían una respuesta teológica diferente. Me habló de la “doble pobreza”: la escasez de medios y la pobreza cultural o religiosa que dejaba a la gente sin recursos para resistir. Para él, la teología debía hablar a eso.

En un momento me interrumpió con una risa suave; recordó conversaciones improbables y amistades con figuras tan distintas como el Papa Ratzinger y cómo, a pesar de las diferencias, siempre buscó aprender. “Ver en el otro lo que no podemos ver en nosotros”, murmuró. Fue entonces cuando me explicó una de sus intuiciones más profundas: la sensibilidad budista podía enseñar a los católicos formas de atención que nosotros no sabemos practicar. Me dijo, con la sencillez de quien ha visto mucha vida, que el conocimiento sin compasión es estéril y la compasión sin sabiduría es ciega. No sonó a frase hecha; lo entendí al hablarme del “Cristo de los dalits” y cuando describió cómo Tulana tejía retiros en los que monjes, sacerdotes, laicos y activistas compartían mesa, trabajo y oración.

Cuando le hablé de Fe y Alegría, su interés fue inmediato y cálido. No preguntó desde la distancia académica, sino curioso por la lógica del “movimiento”, cómo se organizaban las comunidades, cómo la educación dejaba de ser mera transmisión de conocimientos y se volvía motor de libertad. En un momento cambiamos al francés, y esa lengua compartida abrió aún más la confianza. Le expliqué cómo Fe y Alegría en Asia está empezando en Camboya y Nepal, poco a poco, desde la construcción horizontal de comunidades de aprendizaje y redes locales muy diversas; él asintió y enlazó mi descripción con su reflexión: “Eso —dijo— es exactamente lo que quiero ver: educación que forma el corazón y construye solidaridad. No instituciones que ocupan espacios, sino movimientos que nacen del suelo donde pisa la gente.” En ese intercambio quedó clara la conexión entre su visión de diálogo profundo y el espíritu de Fe y Alegría. Ambos apuestan por educar desde abajo, aprender del otro y transformar la realidad con compasión y discernimiento.

Esa tarde visitamos el jardín de Tulana, lleno de obras de arte creadas principalmente por monjes budistas; vi la práctica de su teología en cada escultura, cada cuadro, incluso en cada árbol que parecía intencionadamente colocado. Habló de proyectos de salud, defensa de la tierra y de cómo la acción conjunta con monásticos budistas había abierto caminos que la mera crítica teórica no lograba. Para Pieris, el diálogo interreligioso no era tolerancia educada, sino solidaridad compartida frente a injusticias concretas.

Antes de despedirnos, intercambiamos libros y recuerdos de sus compañeros jesuitas en Camboya. Al marcharme, sentí que no solo había conocido a un teólogo, sino a un artesano de encuentros. Un hombre que había aprendido a juntar tradición y compasión, sabiduría y acción, teoría y movimiento.

Tulana es su legado visible, un lugar donde la mente aprende a pensar con libertad, sensibilidad inusual y el corazón aprende a mirar con los ojos de los que sufren. Hoy, al recordar ese día, veo su figura recortada contra el jardín, tranquilo, con la mirada hacia adelante, con su gorra —gesto sencillo que contrastaba con la mística del lugar—, insistiendo en que la sabiduría debe alumbrar la compasión y la compasión debe orientar la sabiduría.

Fe y Alegría en Asia intenta avanzar en el diálogo profundo que Pieris cultivó; ojalá que su legado nos inspire a seguir construyendo este movimiento global desde las comunidades, con humildad, discernimiento y corazón.

 

 

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