Como muchas sabéis, el pasado 11 de marzo, Martín, Pablo, Luca, Javi Izquierdo y yo pusimos rumbo a Roma para la reunión de la Red Xavier, esta vez, acogidas por MAGIS Italia, uno de los miembros de la Red.
Como de costumbre, el encuentro fue mucho más que una cita de trabajo. En un contexto global cada vez más incierto y complejo, encontrarnos no solo permitió avanzar en agendas comunes, sino, sobre todo, reconectar con aquello que da sentido a nuestra labor como red. Durante más de veinte años, las organizaciones que formamos la Red Xavier hemos acompañado programas de desarrollo, acción humanitaria y redes apostólicas en más de 75 países. Sin embargo, en Roma no se trataba de revisar cifras, estrategias o respuestas conjuntas —aunque también lo hicimos—, sino de detenernos y preguntarnos si nuestras formas de trabajar, -y de trabajar en red-, siguen estando a la altura de los desafíos actuales.
Uno de los hilos más presentes a lo largo del encuentro fue precisamente esa necesidad de continuar fortaleciendo nuestros modelos de colaboración. El mundo cambia rápido, las crisis se vuelven más complejas, las necesidades más grandes y nuestras respuestas no pueden quedarse estáticas. Mantenernos abiertos al cambio no es cómodo, pero es imprescindible si queremos responder con sentido y profundidad a las realidades que acompañamos.
En esta ocasión, fue especialmente valioso el diálogo que tuvimos con la Curia de la Compañía de Jesús, así como el encuentro con nuestras redes hermanas: Fe y Alegría y el Servicio Jesuita a Refugiados. Promovido por el trabajo que ya hacemos en Emergencias, organizamos una mañana de reflexión alrededor de las oportunidades de coordinación dentro de la Compañía Global: representantes de la Curia, JRS, FyA y la RX intercambiamos experiencias, retos y propuestas para continuar avanzando. Estar en Roma nos regaló una oportunidad maravillosa para escucharnos sin necesidad de pantallas, compartir miradas y reforzar vínculos. Nos recordó que nuestra acción no sucede en aislamiento, sino que forma parte de una comunidad más amplia, que comparte misión y responsabilidad.

Durante el encuentro apareció, de forma más o menos explícita, una inquietud compartida: cómo sostener la lucidez y la exigencia en medio de contextos cada vez más complejos y acelerados. Sabemos —y la historia lo ha demostrado— que “lo inaceptable” rara vez irrumpe de golpe. Se instala poco a poco, en decisiones pequeñas, en concesiones aparentemente razonables. También en nuestro trabajo cotidiano puede ocurrir algo similar: cuando dejamos de aspirar a lo mejor posible y nos conformamos con lo mínimo viable.
Frente a esto, la espiritualidad ignaciana vuelve a ofrecernos un horizonte exigente y profundamente humano: el magis. Haber estado en Roma, caminando por los lugares de San Ignacio, visitando su habitación, fue también un recordatorio silencioso pero poderoso de esa llamada. Desde una humildad que abruma, su vida sigue interpelando: no se trata solo de hacer más, sino de hacer mejor; con mayor cuidado, mayor amor y mayor compromiso. No hablamos de ideales lejanos, sino de algo muy concreto que salía en casi todas las conversaciones, el buscar la calidad de cada propuesta, la honestidad de cada decisión, el respeto en cada relación, la coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos.
Quizás ahí estuvo uno de los mayores regalos de este encuentro en Roma: recordar que ser Red no es solo coordinarse, sino sostenerse, cuestionarse, motivarse mutuamente en esta búsqueda de formas de responder a las realidades del mundo. Ayudarnos a no caer en la mediocridad de los tiempos que vivimos, a no normalizar lo insuficiente, a no perder la pasión por un trabajo que trata de personas y por ello, nos exige la máxima calidad.
Volvemos de Roma con acuerdos, sí, pero sobre todo con preguntas. Preguntas que nos movilizan: ¿Dónde estamos llamadas a dar un paso más? ¿Cómo hacer de nuestro trabajo una resistencia más activa? Ojalá que como Red sepamos seguir caminando en esa dirección de fidelidad al sentido que nos une, de que nuestra manera de trabajar sea rigurosa, comprometida, profundamente humana y una forma de responder al mundo que queremos construir.

