Fe y Alegría Asia: Zapatillas que inician caminos

He estado antes en Roma, pero es la primera vez que visito las camerette de San Ignacio.

Estoy frente a estas zapatillas antiguas, las que usó San Ignacio cuando decidió caminar distinto. Cuando entendió que la fe no era una idea elevada, sino un camino que se recorre con el cuerpo, con los pies cansados y el corazón en búsqueda.

Descansan hoy sobre un fondo empedrado, gastadas, abiertas, vulnerables. No avanzan ya, pero siguen señalando una dirección. Porque hay objetos que, incluso inmóviles,  siguen iniciando caminos.
San Ignacio caminó mucho. Caminó para desaprender certezas, para dejar atrás privilegios, para mirar el mundo desde abajo. Sus pasos no fueron heroicos en el sentido épico; fueron obstinados, humanos, llenos de dudas. Estas zapatillas hablan de ese proceso: de una fe que se prueba en el trayecto, no en el destino.

Al mirarlas, pienso en los comienzos de Fe y Alegría en Asia. También allí todo empezó con pasos pequeños, sin garantías, sin mapas claros. Empezó con personas que caminaron hacia las periferias, hacia lugares donde la educación no era un derecho sino una esperanza frágil. Como estas zapatillas, Fe y Alegría nació sin adornos, con lo justo, sostenida más por la convicción que por los recursos.

Salvando, desde luego, distancias, mi experiencia en Fe y Alegría se parece más a estas zapatillas que a cualquier relato idealizado. No he caminado, ni camino hoy, sobre suelo firme todo el tiempo. Hay cansancio, preguntas, momentos de profunda soledad.

Caminar desde un lugar no siempre nombrado, aprendiendo a soltar lo viejo, de lo que siempre has conocido, para entregarte a lo nuevo, exige un paso atento, paciente, a veces silencioso. Como el cuero que se deforma para resistir, el cuerpo y compromiso aprenden a acomodarse sin perder la dirección. Pero también he aprendido que la fe, cuando se encarna, se vuelve profundamente concreta. Está en el aula improvisada, en la reunión interminable, en la escucha paciente, en la decisión diaria de quedarse. No es una fe brillante ni cómoda. Es una fe que se gasta, que se abre, que deja marcas.

Fe y Alegría en Asia, obviamente, no es un proyecto terminado; es más bien un camino en curso. Como estas zapatillas, no representan la perfección, sino la fidelidad al paso dado. El paso que se repite, incluso cuando nadie aplaude. El paso que se sostiene porque otros y otras vendrán detrás.

Tal vez por eso, estas zapatillas no están abandonadas. Están cuidadas, preservadas. Porque recuerdan algo esencial: que los grandes procesos nacen de pasos humildes, y que la verdadera espiritualidad no flota por encima del mundo, sino que se gasta caminándola.

Escribo esta reflexión en un avión, de camino a Camboya.
Mientras el cuerpo avanza entre husos horarios, la memoria vuelve a esas zapatillas.
Intuyo que en Asia, en medio del trabajo cotidiano, volverán sin hacerse notar,
como una referencia discreta para ajustar el paso cuando el camino se alargue.

Siento que observarlas, mirarlas, es volver al origen, y para mí, volver al origen es recordar por qué sigo caminando.

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