Dignidad en la respuesta

Me acerco al diccionario buscando la palabra que lleva rondándome estos días mientras visitamos los proyectos de JRS en Líbano. Googleo: Dignidad. Dignidad: Cualidad de digno; excelencia, realce. Digno-a: Merecedor de algo; correspondiente, proporcionado al mérito y condición de alguien o algo. 

Unos carreterines de arena nos llevan hasta los asentamientos de refugiados en Bar Elias, Valle del Bekaa, a escasos 20 kilómetros de la frontera con Siria. Campos de lonas de plástico como refugio. Detrás, cerca, montañas nevadas. Frío y viento. Barro como estrago de las tormentas de uno de los inviernos más crudos.

De entre las lonas, el bullicio de decenas niños y niñas en la hora del recreo, sándwiches de Labneh[1] en mano. Botas de agua. Abrigos con capucha. Explosión de colores que empapelan y esconden estructuras sólidas interrumpiendo la monotonía, la extrema fragilidad de las lonas de plástico. El colegio: oasis para decenas de niños y niñas merecedores de algo, proporcionado al mérito y a la condición de quienes sobreviven al margen desde hace demasiado tiempo; de quienes no han conocido otra cosa.

Aulas con pupitres espaciosos, estufas, pizarras en condiciones sobre las que escribir. Cartulinas, dibujos de frutas, animales, números, inundan las paredes. Niños y niñas que dan vida a cuadernos en blanco. Podríamos estar en cualquier aula de cualquier escuela de primaria en Madrid, me digo. Pero no, los niños y las niñas que ocupan los pupitres son quienes habitan los campos de lonas de plástico. Refugiados y refugiadas sirias, aunque en Líbano no sean merecedores de tal “estatus”. La perla de Oriente Medio no ha firmado la Convención de Ginebra y por lo tanto no reconoce que haya personas que necesiten “ser protegidas”. Una de las directoras de una de las escuelas nos cuenta que los fines de semana niños y niñas se acercan al colegio con la esperanza de que esté abierto.

Nos movemos al Centro social para mujeres que tiene JRS no lejos de los asentamientos. Hoy las aulas de costura, de peluquería, de alfabetización, la sala de estar y la cocina están vacías pero me invade la misma sensación que en los 3 colegios que acabamos de visitar. Espacios dignos, cuidados. Profundamente acogedores. Espacios propios para ellas. De ellas, que son quienes  cargan con la mayor parte del peso del desplazamiento forzoso; ellas, merecedoras de algo más que los campos de lonas de plástico en los que habitan. Calidez y calidad en la respuesta en un contexto de emergencia que se prolonga desde hace ya 8 años.

[1] Crema de yogur y queso

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