Escuela secundaria de Morobi (Uganda): iniciativa comunitaria de la población sursudanesa refugiada

Isaiah Chal [1]nos recibe en su despacho. No hay asfalto en el suelo ni cemento en las paredes. Unos cuantos palos de madera sostienen unas lonas naranjas. Sobre la mesa de plástico, libros de texto, algunas hojas y un ordenador sin electricidad. “Head teacher of Idiwa Morobi secondary school”, se presenta. Estamos en el distrito de Moyo, frontera con Sudán del sur, norte de Uganda. El país africano que mayor número de personas refugiadas acoge. 1.500.000. La mayoría, sursudanesas.

667 estudiantes. Todos menos 4 son refugiados. 261 chicas. 30 profesores, 27 refugiados; 4 mujeres. No hay pupitres en las aulas de arena y plástico. Toca hacer malabares con el compás. El director nos cuenta que llegaron a finales de 2016 varias comunidades vecinas tras muchos  días de huida. Atrás dejaron casas quemadas, tierras arrasadas y a demasiados familiares y vecinos. Arrastran historias imposibles.

El gobierno ugandés los reubicó en terrenos en Idiwa a las pocas semanas, lo que hoy es un asentamiento, y les entregó materiales para construir sus tukuls y un terreno para cultivar. A un lado del camino de tierra roja, la comunidad local, al otro, el asentamiento de refugiados. Salvo por algunas lonas de plástico con el logo de UNHCR (Alto Comisionado de Naciones Unidas para los refugiados), no hay diferencia entre unos y otros. Pero los recursos ya de por sí insuficientes y siempre limitados generan conflictos entre las comunidades locales y las refugiadas. Los servicios básicos, colegios o centros de salud están colapsados. Clases de secundaria con 180 estudiantes.

De ahí que en febrero de este año un grupo de profesores refugiados decidieran arrancar una escuela de secundaria. Empezaron dando clases bajo los árboles y de a poco fueron recabando pequeñas pero valiosas ayudas para continuar con su hazaña. Los misioneros combonianos les apoyaron con maderas y los padres y madres levantaron algunas aulas. Luego vinieron las sillas de plástico y algunas lonas que cedieron organizaciones humanitarias. Algunos cuadernos y algo de material escolar. El profesorado recibe como salario lo poco que pueden ofrecer las familias de sus estudiantes. Un puñado de arroz, unas hortalizas. Esperan que para el próximo curso escolar el estado ugandés pueda reconocer esta iniciativa comunitaria y les apoye con algunos recursos.

Un chico alto y espigado se acerca corriendo al ver el chaleco con el logo del JRS -Jesuit Refugee Service por sus siglas en inglés (Servicio Jesuita a Refugiados)- en la espalada de Isaac, director de proyecto del JRS en Adjumani. Acerca su mano y la aprieta con fuerza a las nuestras. Nos cuenta orgulloso que hace unos años JRS le apoyó en Kayo- Kaji County, Sudán del Sur, con una beca para que pudiera asistir a la escuela secundaria y que gracias a ese apoyo, hoy es profesor de historia y geografía. Profesor refugiado. Sonrisas, emoción contenida y miradas cómplices de quien se reencuentra con un viejo conocido, años después, al otro lado de la frontera.

[1] Nombre ficticio

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