Los refugiados invisibles de Sudáfrica

Con la crisis del COVID19 acaparando todo, pensé que compartir mi experiencia en Sudáfrica con el JRS estaba ya fuera de lugar, pero con la sobredosis que estamos teniendo estos días sobre el maldito virus, me he animado finalmente a compartir unas líneas, como acto de desintoxicación y para pasar a limpio una pequeña parte de lo que experimenté aquella semana.

Pocos días antes del confinamiento, visité a nuestros compañeros y compañeras del JRS en Johannesburgo, Sudáfrica. El primer día que llegué, me escapé a dar una vuelta por la ciudad y leí algo que me llamó poderosamente la atención. Escrito en piedra, en un monumento a la constitución de 1996, las primeras frases del preámbulo de la misma:

“Nosotros, la gente de Sudáfrica, Reconocemos las injusticias de nuestro pasado, honramos aquellos que sufrieron por la justicia y la libertad en nuestra tierra; Respetamos aquellos que trabajaron para levantar y desarrollar nuestro país, y Creemos que Sudáfrica pertenece a todo aquel que vive en ella, unidos en nuestra diversidad”

Es realmente revelador que el primer párrafo del documento que sirve como ley fundamental del gobierno de un estado, comience reconociendo los errores del pasado y acabe asegurando que la tierra de Sudáfrica es para todo aquel que vive en ella, y que las diferencias de sus gentes no son sino una razón más para celebrar la unidad del país.

 

Nelson Mandela con Cyryl Ramaphosa, el día de la firma de la Constitución de 1996. Nelson Mandela fue el primer presidente de la historia de Sudáfrica elegido democraticamente

 

Sudáfrica tiene, sobre el papel, la que probablemente sea la constitución más progresista del mundo en materia de defensa de derechos para los refugiados. Con la debida documentación, las personas refugiadas tienen libertad de movimiento, derecho a trabajar y acceso al sistema de educación y sanidad pública. Pero desafortunadamente, la realidad es muy distinta. Para muchos, la petición de asilo se convierte en una espiral administrativa y xenófoba que les imposibilita acceder a estos servicios básicos.

Xolani, uno de los fieles conductores de JRS, nos lleva por Hillbrow, un barrio caótico y decadente de la capital, donde hay una gran concentración de refugiados. En Sudáfrica no hay campos de refugiados y estos conviven con la población local. Cientos de personas abarrotan las calles, repletas de negocios y ruido. Yo soy incapaz de reconocerlos, no los veo, pero están ahí, invisibles a los ojos de mucha gente. Y es esa precisamente la misión de JRS en el país, encontrarles en medio del caos, conocer sus historias y atender a su grito de ayuda.

 

Aparte de con informes, fotos, notas de reuniones e imanes para la nevera, me he vuelto de Sudáfrica con historias. Detrás de cada puerta que tocábamos nos encontrábamos con una historia. Historias de cambio, de huida, historias que te rompen el corazón, que te indignan, que te avergüenzan. Pero también otras que te inspiran, que te alivian, que te hacen creer que estamos yendo por el camino correcto y que todo esto merece la pena.

 

Y esto es lo que os quería contar. He elegido dos de las historias que más me han emocionado y en las que aún pienso cada día, aunque sea por un momento.

Kemi, en su puesto de trabajo en el Salón Colour me Crazy en Pretoria

Entramos en “Colour Me Crazy” un salón de belleza de Pretoria, donde nos recibe Kemi, una mujer joven que huyó de Nigeria hace 2 años, dejando allí a su marido y a sus dos hijos pequeños para ganarse la vida en Sudáfrica. Kemi me invita a un café y nos sentamos a conversar un rato. La conversación fluye, es una mujer que desprende un chorro de energía que se te contagia. Respira hondo antes de cada respuesta, me busca con los ojos, que le brillan y a cada pregunta que le hago parece que la sonrisa se le fuera a salir del rostro. Los primeros 6 meses en Pretoria fueron duros para ella, apenas conocía a nadie y se encontraba muy desubicada. Todo empezó a cambiar cuando escuchó acerca de los cursos que ofertaba el centro de formación “Padre Arrupe” que el JRS gestiona en la ciudad. Decidió matricularse en peluquería y tras finalizarlo con éxito y con el apoyo de JRS, encontró trabajo en este salón de belleza. “Los Sudafricanos desconfían mucho de los inmigrantes, prefieren contratar a gente local, pero JRS les convenció para que me dieran una oportunidad”. Hoy Kemi trabaja en el salón a tiempo completo y con sus propios clientes. Me dice que el salario le da para vivir y con mucho esfuerzo está ahorrando para traer a sus hijos, a los que lleva sin ver desde entonces. Kemi por cierto, es su nombre real, cuando le pregunté si podía contar su historia y usar su nombre me gritó: Claro! ¡Cuéntaselo a todo el mundo! Y los dos nos echamos una buena carcajada.

 

Albertine con Grajevie en el salón de su casa en el suburbio de Springs, Johannesburgo

Albertine tuvo que huir de Lubumbashi (República Democrática del Congo) hace unos 12 años junto con su marido y su hijo Grajevie, cuando este tenía apenas dos años. Al poco tiempo, Grajevie fue diagnosticado con espectro de autismo y el padre, abrumado por la situación, les abandonó. Albertine y Grajevie viven en un minúsculo apartamento del barrio Springs, un suburbio al este de Johannesburgo. Grajevie tiene ahora 15 años, es alto, fuerte, delgado y como otras personas con autismo, vive encerrado en su propio cuerpo. Rara vez consigue que su cuerpo responda a lo que la mente le dicta. Su energía, frustraciones o miedos se transforman en gritos, arañazos o incluso mordiscos, que Albertine nos muestra en sus brazos. JRS, como a otras familias con enfermos crónicos, les apoya con una aportación para pagar el alquiler, comprar la medicación que Grajevie necesita y con acompañamiento psicológico. Pero esto no es suficiente, Grajevie se pasa los días encerrado en casa pese a que, como cualquier otro niño, tiene derecho a aprender y tener una vida social. El único colegio donde le aceptaron es privado y tuvieron que dejarlo por no poderse permitir las costosas tasas (unos 80 euros al mes). Los colegios públicos son más asequibles, pero siempre tienen lleno el cupo de estudiantes con discapacidad.

Albertine está cansada, desesperada y deprimida. Tiene 38 años, pero aparenta más de 50.  Recientemente sufrió un infarto que le ha provocado problemas de movilidad y tiene que recibir atención médica. A pesar de esto, cuando nos vamos de la casa, mira a Marceline, trabajadora social de JRS y le dice: “Gracias por todo. No sé qué haría sin vosotras”. 

Cada día Albertine, ya sea por la mañana o a media noche porque Grajevie está gritando, se enfrenta a una realidad cuya complejidad nunca llegaré a entender en mi privilegiada existencia. Albertine nunca tendrá una placa conmemorativa o un evento de reconocimiento por su lucha y entrega diaria, pero en solo media hora pude entender que se trata de alguien digna de tanta admiración y respeto, que no se me ocurriría nadie mejor a quien reconocer.

En estos días raros, pienso mucho en todos ellos. Debido a la emergencia del COVID19, JRS ha tenido que parar las visitas que no son estrictamente necesarias. La urgencia de parar se confunde con la urgencia de seguir apoyándoles, de seguir golpeando en su puerta y escuchar sus historias.

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