Estar cerca, también desde lejos

Estos días, en Bali, nos hemos reunido unas 60 personas de diez países de Asia, vinculadas a organizaciones socias de Jesuit Mission Australia, para participar en una formación sobre Comunicación No Violenta y Safeguarding.

Diez países, diferentes lenguas, culturas, experiencias y maneras de mirar al mundo. Y casi dos semanas dedicadas, en el fondo, a algo aparentemente sencillo y, al mismo tiempo, profundamente complejo: cómo nos relacionamos con los demás y qué significa realmente acompañar.

Durante la formación en Comunicación No Violenta hemos hablado de pensamientos, sentimientos y necesidades. De conexión humana. De aprender a distinguir lo que pensamos de lo que realmente sentimos. De intentar reconocer qué necesidades hay detrás de nuestras palabras y reacciones, pero también de las de los demás.

Y hemos hablado de “choice”, elección: de ese pequeño espacio que podemos intentar encontrar entre lo que ocurre y nuestra manera de responder.

No siempre es fácil.

Porque comprender estos conceptos en una formación es una cosa, y llevarlos a nuestras relaciones, a nuestros equipos y a nuestro trabajo cotidiano es otra muy distinta. Especialmente cuando trabajamos entre culturas diferentes, bajo presión o en contextos donde las necesidades son numerosas y las respuestas nunca parecen suficientes.

Pero quizá una de las palabras que más me han resonado estos días es empatía.

En uno de los ejercicios intentamos identificar qué significa realmente empatizar. En mis notas quedaron escritas varias ideas: curiosidad, presencia, intención de conectar, escucha sin juicio.

Me hicieron pensar.

Porque muchas veces creemos que empatizar consiste en encontrar las palabras adecuadas, ofrecer una solución o decirle al otro que comprendemos lo que está viviendo. Y quizá sea algo mucho más sencillo, y mucho más difícil. Estar verdaderamente presentes ante la realidad del otro sin apresurarnos a cambiarla.

Y entonces llegó la formación sobre Safeguarding.

A primera vista pueden parecer dos ámbitos diferentes. Uno nos habla de sentimientos, necesidades, empatía y conexión; el otro, de protección, límites, responsabilidad, prevención y relaciones de poder.

Sin embargo, cuanto más avanzaban estos días, más conectados me parecían. Porque una cultura de cuidado no es solo escuchar.

Y quizá aquí aparece uno de los aprendizajes más importantes: empatizar no significa justificar. Comprender no significa permitir. Acompañar no significa decidir por el otro.

La empatía necesita también responsabilidad.

Esto cobra especial importancia cuando trabajamos en educación y cooperación, porque nuestras relaciones no siempre son simétricas. Hay diferencias de poder que necesitamos aprender a reconocer, aunque tengamos las mejores intenciones.

Por eso Safeguarding no debería ser solamente un protocolo, una política institucional o una formación obligatoria. Es también una manera de preguntarnos continuamente cómo estamos presentes en la vida de los demás y qué impacto tienen nuestras decisiones, nuestras palabras, nuestros silencios.

Y ahí vuelvo a esa palabra que apareció durante la formación: choice. La capacidad de elegir cómo respondemos.

Quizá esa elección empieza por nosotros mismos: reconocer lo que sentimos, comprender qué necesitamos y decidir cómo queremos responder. Pero también implica algo más; crear las condiciones para que las otras personas puedan tener voz, capacidad de decisión y espacios seguros en los que ejercerla.

En educación, esto me parece especialmente importante.

Acompañar no debería significar construir respuestas para las comunidades, sino construirlas con ellas. No asumir que sabemos lo que necesitan, sino preguntar y escuchar. No sustituir sus capacidades, sino fortalecerlas. No confundir nuestra responsabilidad de proteger con la tentación de decidir por otros.

Y esto, que parece evidente cuando lo escribimos, resulta mucho más complejo cuando intentamos vivirlo.

Quizá porque escuchar de verdad requiere tiempo. Porque reconocer nuestras propias posiciones de poder incomoda. Porque, ante el sufrimiento, sentimos la necesidad inmediata de hacer algo. Porque acompañar procesos exige aceptar que no siempre tendremos la respuesta. Estos días he pensado bastante en ello.

También porque mientras estaba en Bali participando en este taller, una parte de mí estaba inevitablemente en Nepal.

Las recientes inundaciones han golpeado comunidades y familias. Entre ellas, estudiantes, docentes y el equipo de Fe y Alegría Nepal, con quienes trabajamos día a día. Personas que están viviendo pérdidas, incertidumbre y situaciones profundamente dolorosas. Y desde la distancia llegan mensajes, conversaciones, información que cambia, preguntas sobre qué hacer y cómo apoyar.

Cuando ocurren situaciones así, nuestra primera reacción es querer ayudar. Hacer algo. Encontrar soluciones. Estar allí.

Pero la distancia también nos obliga a hacernos otra pregunta: ¿qué significa estar cerca cuando estamos físicamente lejos? Quizá estar cerca sea, primero, escuchar.

Preguntar antes de responder. Entender qué está ocurriendo. Saber cómo están las personas. Reconocer qué necesitan y qué capacidades ya existen. Y, desde ahí, pensar juntos cuál puede ser nuestra responsabilidad y dónde podemos aportar algo verdaderamente útil.

A veces acompañar significará actuar. Otras veces significará esperar. Y muchas veces significará simplemente estar disponibles.

Creo que ahí Comunicación No Violenta y Safeguarding vuelven a encontrarse: presencia para escuchar, empatía para intentar comprender, conciencia para reconocer nuestro propio poder y responsabilidad para saber cuándo debemos actuar.

Al terminar estos días construimos juntos un mandala. Sesenta personas de diez países, colocando pétalos de flores distintas y palabras hasta formar algo que ninguno de nosotros habría podido construir por separado.

Después, como ocurre con los mandalas, desapareció. Quizás por eso me parece una buena imagen para cerrar estos días. Trabajamos con personas, comunidades y procesos que nunca nos pertenecen. Podemos acompañarlos durante un tiempo, aportar nuestro pequeño grano de arena, aprender, escuchar, sostener y después, dejar espacio para que otros continúen.

No sé si, después de estos días, sé mucho más sobre cómo acompañar. Probablemente tengo más preguntas que respuestas. Pero quizá me llevo una certeza sencilla. Estar cerca no significa tener todas las respuestas, sino aprender a estar presentes sin invadir, dando espacio para que el otro siga siendo protagonista de su propia historia.

 

 

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